El Marquetero Anónimo
Son muchas las historias que se cuentan en las clases de marketing.
Muchos son los que conocen a tal o cual personaje que hizo historia en su comunidad por ser el primero en adquirir una fortuna significativa.
Hay historias que trascienden lo cotidiano y pasan a ser parte de la historia mitológica, de la cultura informal.
Y hay historias que solo se cuentan en cenas de amigos, tarde, muy tarde, después del postre y los cigarros. Historias que todos juran conocer de primera mano, pero que nadie puede demostrar con certeza el vínculo estrecho que los une al protagonista.
Una historia famosa que pasa de boca en boca, de generación en generación, es la del muchacho que desarrolló una estrategia de mercadeo desconocida hasta ese momento, y que hizo que su negocio creciera en forma exponencial. Su estrategia lo convirtió en el centro de las conversaciones de la época, todos queriendo descubrir su secreto. Aparecieron innumerables imitadores que decían haber descubierto el secreto, pero que invariablemente desaparecían en las sombras de la historia, relegados a ser recordados solo por sus acreedores.
De esta persona, este muchacho, se han escrito biografías no autorizadas, poemas, haikus. Se ha plasmado su presencia en el colectivo cultural de una época, gracias a su innovación en el mundo del marketing folclórico. Se han visto pintadas en Bulón y otras localidades de la provincia de Buenos Aires, con su nombre seguido de verbos reflexivos; hay quienes recuerdan haber visto grafitis con el muchacho en situaciones no convencionales, pero nadie, nadie recuerda su nombre.
Un ejemplo de su impacto en la cultura es la canción que un día apareció y que describe la estratagema que le permitió conquistar los mercados y convertirse en el máximo referente en su industria.
Cuentan las viejas que, a principios de los 80, o quizás a finales de esa década —nadie sabe realmente cuándo comenzó todo—, sus clientes más leales tarareaban una melodía que los identificaba.
El número de clientes fue creciendo, y con ese crecimiento, la melodía fue transformándose lentamente en una pieza musical. Eventualmente, alguien le puso letra, convirtiéndola en canción popular, canción que, colándose por las fisuras más insospechadas de la trama social, se volvió parte de la cultura y contracultura popular contemporánea.
Esta historia, en su forma como parte del folclore, es la de un muchacho que adquiere un producto y, al querer reemplazarlo, descubre que los términos de la transacción, si bien habían sido establecidos con claridad desde el comienzo, le dejaban poca opción.
La historia continúa narrando su desorientación y finalmente alcanza el clímax cuando, después de haber sido ayudado por una institución gubernamental, decide tomar las riendas de su futuro económico y de su vida y se convierte en quien sería, para la historia popular, una leyenda del marketing. Una leyenda del marketing que no tiene nombre, porque no lo necesita.
En ese momento, y gracias a la visión de otro ambicioso muchacho, un coloradito de lentes grandes, un grupo de rock argentino graba una versión de esta canción, la única registrada, y la incluye en su primer disco. El disco tuvo muy buena recepción y la canción fue un éxito inmediato, siendo pasada continuamente en las estaciones de radio FM. La juventud que la propulsó en los rankings radiales lo hizo ignorando el trasfondo, desplazando el verdadero significado de la historia a la periferia de la sociedad.
Los Twist, un grupo de rock desconocido hasta ese momento, se convirtieron en un referente sociocultural gracias a sus ritmos divertidos, sus letras graciosas y a su éxito “El Primero Te Lo Regalan, El Segundo Te Lo Venden”.
Ese vinilo fue el primer registro formal de la historia de ese muchacho emprendedor que se convirtió en el anónimo Peter Drucker argentino.